Si desaparecen las lenguas, las culturas desaparecerán y sobre todo, los pueblos originarios y afro descendientes sufrirán una seria amenaza para su existencia, lo que trastornará las condiciones de vida de nuestro planeta. El multilingüismo posibilita y apoya la diversidad lingüística y mas allá permite la existencia de un entorno pluricultural. La homogenización de las lenguas apoya el dominio de las clases hegemónicas y contribuye de esta manera a la eliminación de las culturas minoritarias. Este “genocidio lingüístico” se transforma así en un instrumento de las fuerzas globalizantes para culturizar a los pueblos originarios, para someterlos y finalmente hacerlos desaparecer de la faz de la tierra. Esta es una realidad a la que hoy en día nos enfrentamos. Esta es una amenaza que el mundo globalizado significa para los pueblos originarios y afro descendientes. La educación intercultural bilingüe requiere fortalecer la identidad de los pueblos ya que si no se sustenta en el respeto a los conocimientos, saberes y prácticas comunitarias endógenas, ésta corre el riesgo de contribuir a una aculturación acelerada de sus estudiantes y educadores.
Si bien, en muchos ámbitos existen preceptos legales que defienden el derecho de los diferentes pueblos y grupos lingüísticos a defender y utilizar sus lenguas, en términos generales ni los instrumentos de derechos humanos ni la realidad en el ámbito oficial – y con ello en los espacios educativos – permiten un desarrollo de las lenguas de los pueblos originarios, ya que las lenguas oficiales de los grupos de poder político y económico siguen predominando. Pero más allá del derecho de los pueblos originarios y afro descendientes a preservar sus lenguas, se trata del derecho de todos los pueblos y comunidades a preservar y rescatar su cultura. Una cultura propia, que permite la identificación y les brinda su propia identidad a los pueblos. En el caso de América Latina, la Colonia utilizó la aculturación (y con ello la eliminación de las lenguas originales) como un mecanismo de sometimiento y subordinación, siendo víctimas de ello la mayoría de los grupos de pueblos originarios. La iglesia y los sistemas educativos fueron los principales instrumentos de sometimiento, apoyados por la espada amenazadora. De igual manera los esclavos africanos que fueron traídos en contra de su voluntad, fueron despojados de su lengua y sus nombres, para someterlos a un régimen de producción inmisericorde. Y si bien la democracia y la ciudadanía en América Latina son una aspiración de todos y todas; estos preceptos son todavía más una promesa que una realidad, especialmente para los pueblos originarios. Nuestras sociedades no han dejado de ser excluyentes de ciertas categorías de personas y pueblos; y continúan dando lugar a la intolerancia, la inequidad, la injusticia y el autoritarismo.
Amplios sectores de la población no ejercen mínima mente sus derechos; otros, no respetan los derechos de los demás. Nuestras sociedades están fragmentadas y aún sufren formas de dominación y exclusión; por ello, resultan más proclives a la injusticia, los enfrentamientos, la corrupción y la pobreza.
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